enero 22, 2022
Cultura Opinión

Apuntes sobre la Navidad, Santa Claus y el sentido de la celebración

La leyenda de Santa Claus deriva directamente de las que desde muy antiguo han adornado la figura de San Nicolás de Bari (ca. 280-ca. 350), obispo de Myra y santo que, según la tradición, entregó todos sus bienes a los pobres para hacerse monje y obispo, distinguiéndose siempre por su generosidad hacia los niños.

En la Edad Media, la leyenda de San Nicolás arraigó en Europa, particularmente en Italia (a la ciudad italiana de Bari fueron trasladados sus restos en el 1087), y también en países germánicos como los estados alemanes y holandeses. La devoción de los holandeses por San Nicolás era tan profunda, tan pintoresca y llamativa que, en 1809, el escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859) trazó un cuadro muy vivo y satírico de ellas en un libro de su autoría. Allí, San Nicolás era despojado de sus atributos obispales y convertido en un hombre mayor, vestido con sombrero de alas, calzón y pipa holandesa. Tras llegar a Nueva York a bordo de un barco holandés, se dedicaba a arrojar regalos por las chimeneas, que sobrevolaba gracias a un caballo volador que arrastraba un trineo prodigioso. 

Pocos años después del libro de Irving, Santa Claus había adquirido tal popularidad en los Estados Unidos que, en 1823, un poema anónimo titulado A Visit of St. Nicholas (‘Una visita de San Nicolás’), publicado en el periódico Sentinel (‘El Centinela’) de Nueva York, encontró una acogida sensacional y contribuyó enormemente a la evolución del personaje. 

En el poema, San Nicolás aparecía sobre un trineo tirado por renos y adornado de campanillas y se desplazó la llegada del personaje del 6 de diciembre típico de la tradición holandesa, al 25 de ese mes, dándose un progresivo traslado de la fiesta de los regalos al día de la Navidad.

 El otro gran contribuyente a la representación típica de San Nicolás en el siglo XIX fue un inmigrante alemán, Thomas Nast, periodista y dibujante.  En 1863 publicó en el periódico Harper’s Weekly su primer dibujo de Santa Claus que siguieron en los años siguientes (hasta 1886) y fueron transformando la imagen de Santa Claus agregando el ancho cinturón, el abeto, el muérdago y el acebo.

 A esto se sumó el impresor de Boston Louis Prang, quien en 1886 publicaba postales navideñas en que aparecía el personaje con su característico vestido rojo. 

 El último momento en la evolución iconográfica de Santa Claus tuvo lugar con la campaña publicitaria de la Coca-Cola, en la Navidad de 1930. La empresa publicó una imagen de Santa Claus escuchando peticiones de niños en un centro comercial. Aunque la campaña tuvo éxito, los dirigentes de la empresa pidieron al pintor de Chicago Habdon Sundblom que remodelara el Santa Claus de Nast.

El artista, que tomó como primer modelo a un vendedor jubilado llamado Lou Prentice,  hizo que perdiera su aspecto de gnomo y ganase en realismo. La figura de Santa Claus se hizo más alta, gruesa, de rostro alegre y bondadoso, vestido de color rojo con ribetes blancos, que eran los colores oficiales de Coca-Cola. El personaje estrenó su nueva imagen, con gran éxito, en la campaña de Coca-Cola de 1931. Los dibujos y cuadros que Sundblom pintó entre 1931 y 1966 fueron reproducidos en todas las campañas navideñas que Coca-Cola realizó en el mundo convirtiéndose en la advocación más universal y también la más laica y comercial de la Navidad, apoyada por innumerables cuentos, cómics y películas norteamericanas.

Halloween, Navidad y comercio es lo mismo

En nuestro país se da un fenómeno que se acrecentó en los últimos años. Durante el mes de octubre, los comercios exhiben disfraces de brujas, cráneos, esqueletos y calabazas, en preparación de la fiesta de Halloween del 31 de octubre y en los primeros días de noviembre aparecen en los negocios los adornos navideños y las promociones relacionados a las fiestas. En diciembre, entre el exquisito perfume de los jazmines y el arribo de las agradables temperaturas de las navidades, la vorágine se desata. Luces, puestos callejeros, ofertas, ventas promociónales de todo tipo, con regalos en los que nadie cree; día de los descuentos, noche de los descuentos, madrugada de los descuentos… Todo iluminado por las luces más brillantes y coloridas, adornado por guirnaldas, ramas de muérdago, chirimbolos de colores, trineos voladores tirados por renos, figuras de Papá Noel, y música de villancicos que alterna con ritmos modernos y frenéticos. En medio de eso la gente corre  por obtener el artículo que la hará feliz; sea el auténtico, aunque caro, o el más barato, el simulacro, de inferior calidad pero accesible, que evita la frustración de no tener. Porque ha llegado la época de comprar, y hay que tener; no se sabe muy bien por qué, pero hay que tener. 

Jesús en la mirada actual

 ¿Acaso nos acordamos  del que nació en la pobreza de un pesebre, un comedero de animales, y la celebración de cuyo nacimiento supuestamente es el origen de la fiesta de Navidad? ¡Qué extraña paradoja! La fiesta del que nació en la más absoluta pobreza se transformó en el festín de consumo. Qué habilidad tenemos los seres humanos para retorcer, para dar vuelta la obra de Dios. Como dijo el prestigioso escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Ni el propio Hijo de Dios se salvó de la paradoja. Él eligió para nacer, un desierto subtropical donde casi nunca nieva, pero la nieve se convirtió en un símbolo universal de la Navidad, desde que Europa decidió europeizar a Jesús. Y para más ´Inri´, el nacimiento de Jesús es, hoy por hoy, el negocio que más dinero da a los mercaderes que Jesús había expulsado del templo”.

Cada diciembre, la gente debería recordar el significado prístino de la Navidad, el nacimiento del Salvador, Cristo Jesús, en la aldea de Belén. Este sentido original de la Navidad, parece perdido. El apóstol Pedro escribió palabras significativas  en su segunda carta, capítulo 1, versículo 19: ¿Cómo puede la gente tomar en cuenta, al celebrar la Navidad, que ésta es la conmemoración del nacimiento de Jesús, si Jesús, el lucero de la mañana, no ha nacido en sus corazones?

Por Dr. Álvaro Pandiani

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