agosto 12, 2022
Cultura

Nubes de cielo rosa azucarado

Por Gisela Vanesa Mancuso

“… que ves en lo secreto y conoces nuestras necesidades, que alimentas a los pájaros del cielo y vistes los lirios del campo…”

Oración a San Cayetano

Una mujer peregrina. Arrastra los pies enrejados de cuero hacia un santo.

Y se arrastra hacia otro. Y otro. Y son doce.

Va dejando en cada vidriera de esculturas de mármol, de vidrio de fe, las huellas de su palma, sus dactilares, las líneas de un destino confiado a Él. Los dedos, lagrimeados; los ojos rojos; la esperanza en cada barrida de las gotas, penas de nácar, de alfalfa, de nubes de cielo rosa azucarado.

Las atrapa: arrastra las lágrimas que se dispersan en las grietas, en los ríos turbulentos, ansiosos de pan y trabajo, de sus manos estadísticamente desempleadas. Las atrapa antes de que caigan. Ante de ella caer sin culminar la vía. Las doce estaciones de oraciones sintácticamente perfectas, discursivamente armadas, con cadencia y rima para que no se le olviden a la memoria.

Va de santo en santo, visita a la Virgen.

Afuera, la algarabía de los chicos que recién salen del colegio y corren, corren, y giran doce veces doce alrededor de sus mochilas y sus madres sentadas a las vera de los tilos que dan sombra, tranquilizan, pero no. No reverdece así nomás la fe: es adentro, al fondo, al centro, donde la brisa, techada por la cúpula del cielo celeste, se siente de amor, de entrega, de un escepticismo que se crucifica no bien Él, el más grande, al que más grande ha construido el lenguaje, cuelga de un hilo apenas visible, mira para abajo, mira a la gente, nos mira (me mira), mira y se multiplica con sus sombras, a los costados, iguales ellas. Iguales a Él.

Corre allí una brisa como si una primavera literaria se asomara de sus axilas, de su desnudez clavada, de su barba raída; como si sus ojos, de pronto, en el acercamiento, se insuflaran de un aire puro que solo puede darnos, de tanto en tanto, alguna mirada humana, cuando la mirada es respiración que brilla en los ojos, cuando en los ojos está la fe del otro en uno, que no es nada, que es todo, que es menos que alguien, más que alguien, que no es nada tan importante como para estar allí colgado, triplicado en sombras, irradiando los secretos de la fe.

En cambio, afuera parece que el viento sopla tormenta; adentro, lo digno se multiplica con los sacramentos que formulan los juegos de las luces y las sombras; afuera, diluvio: afuera es otra la cuenta y estamos divididos.

Pero la mujer que peregrina, que se sabe incompleta, se yergue con los ojos llenos, más de imágenes que de llanto, más de gloria que de pena, y camina, como una novia, por el pasillo entre los bancos de madera de muchos cuerpos vacíos, blanca y radiante, lloriqueando la emoción de haber sabido pedir ayuda y, cansada de casarse, cansada de ser cazada, se va casando en cada paso con su vida, con sus tules verdosos, sus lentejuelas azules, sus agujeros violetas y un ramo.

Un ramo que parece ilusorio pero que ella sostiene abrazándolo con las manos, como empuñándolo para que se queden vivas las flores hasta el final del camino. Hasta la última estación.

Y llega muy pronto, después, poseída por la embriaguez del vino tinto, sangre del hombre multiplicado, entregándose al sacrificio del afuera, a los tilos y las sonrisas, a los embates y las despedidas. Eternamente entera, repetida, una mujer y muchas, por un largo rato que puede caber, espacioso y acomodado, en un grano de azúcar impalpable. Tan impalpable y dulce como la fe que se está llevando adentro.

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