abril 23, 2024
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Mitos de la ciudad: el fantasma que llora y la mano que golpea, las historias que se cuentan en el Cementerio de la Chacarita

El espectro de un joven que llora a su hijo, una de las historias que se tejen el Cementerio de la Chacarita. Los cuidadores y vigilantes de la necrópolis más grande del país, relatan las leyendas de aparecidos que acechan entre las tumbas y las galerías.

El Cementerio de la Chacarita es una fuente inagotable de historias y leyendas. Algunas vivenciales y otras que se inscriben en el imaginario urbano. De muchas de ellas son testigos accidentales –o incluso protagonistas–
desde cuidadores hasta aquellos que realizan tareas de limpieza o vigilancia, que experimentan situaciones a las que no encuentran explicación.

Según Hernán Santiago Vizzari, historiador de este lugar y de patrimonio funerario, uno de los relatos que más se escuchan trata sobre lo que le ocurrió a un joven que no tenía trabajo y que, finalmente, consiguió un puesto como
vigilador. Si bien, entre este personal, muy pocos acceden a trabajar en un cementerio, como este hombre necesitaba el dinero tomó el puesto.

“Después de unos días de trabajo, en una jornada calurosa, en uno de susrecorridos por la sección de tierra, [el vigilador] vio a un muchacho relativamente joven llorar desconsoladamente sentado al lado de una
tumba”, cuenta Vizzari. El inexperto trabajador se le acercó y le consultó si se entía bien, si necesitaba algo, si le podía alcanzar un vaso de agua. “Pero – continúa el especialista– lo único que hacía era llorar, no le contestaba nada”. La tumba sobre la que estaba sentado el joven era la de un chico que había muerto a los 12 años. Como el vigilador se dio cuenta de que no podía hacer nada, siguió su ronda. Minutos después, volvió a pasar por donde había visto al joven, pero allí había una mujer que estaba sentada. “De curioso y como era nuevo y mucho más empático que los otros vigiladores que, por lo general, son más fríos y no averiguan nada, le preguntó si había visto a un muchacho llorar en ese lugar”, relata Vizzari. La mujer le dijo que no había visto a nadie. El trabajador insistió:
le describió al joven, de pelo oscuro y ojos color café. Sin embargo, la mujer, con asombro, le aseguró que esa era la descripción de su hijo que había muerto y que la tumba sobre la que estaba sentada era la de su nieto. Ambos habían fallecido en un accidente.

“Cuenta el vigilador que la mujer quedó completamente azorada con su relato y comentarle la escena de ver al joven llorando. Aún se pregunta si había visto al fantasma o al alma de ese padre joven llorar sobre la tumba de su hijo que yacía junto a la suya”, concluye el especialista.

Destino inexorable
Más relatos sobre hechos extraños se tejen a diario y otra de las historias que circulan y que Vizzari recuerda es la de un joven que iba asiduamente a visitar el nicho de su madre en una de las galerías del cementerio. “Siempre se quejaba con el cuidador, al que conocía desde hacía muchos años, que el nicho de al lado del de su madre estaba con telas de araña; con el borde oxidado y las anillas donde van las flores, rotas, a diferencia del nicho de su familiar que estaba siempre cuidado y con flores”, cuenta Vizzari.

Al tiempo, el joven volvió a visitar la tumba y vio que la tapa del nicho próximo estaba rota, algo que lo puso intranquilo. “El cuidador le dijo que se quedara tranquilo ya que no había nadie en ese nicho y por eso estaba abandonado, pero le prometió que lo iba a poner en condiciones, que lo iba a arreglar para que no luciera tan descuidado”, advierte Vizzari. Y agrega que, un día lluvioso el joven fue nuevamente al cementerio y observó que habían cambiado la tapa del nicho próximo al de su madre, que ahora lucía las anillas relucientes, le habían colocado una cruz sin placa –justamente porque no había nadie–. Se puso contento porque el cuidador había cumplido con su palabra. Recordaba que el empleado le había dicho que lo iba a arreglar porque en algún momento iba a llegar algún “habitante”.

El joven se quedó un rato, le rezó a su madre y se fue. “Pero, al otro día le informaron al cuidador que venía un servicio fúnebre y que ese nicho tenía que ser ocupado, y le resultó raro cuando recibió el papel en el que decía el nombre, porque era el del chico que iba a visitar a la mamá”, advierte. Cuando llegó el servicio, los empleados de la funeraria dejaron el ataúd del joven justo al lado de la tumba de la madre, en el mismo sitio que él decía que veía descuidado. “La fatalidad lo había alcanzado y había sido atropellado por un colectivo a la salida del cementerio, el mismo día lluvioso que había ido a visitar la tumba de su madre. Finalmente, él mismo sería quien ocuparía el nicho que el cuidador había arreglado”, finaliza Vizzari.

Las anomalías de la Galeria 16
“Un hecho que me llamó la atención en 2009 cuando hacía mis relevamientos para el libro Ángeles de Buenos Aires. Historia del Cementerio de la Chacarita, Alemán y Británico, que se publicó en 2011, fueron unos sucesos extraños que ocurrieron en el sexto panteón de la necrópolis. En esos pasillos interminables, laberínticos y subterráneos sucedió una serie de hechos paranormales”, explica Vizzari.

El panteón, obra de la arquitecta Ítala Fulvia Villa, fue construido a fines de 1950. Se compone de un primer y segundo subsuelo, que cuentan con una capacidad de 23.200 nichos para ataúdes y casi 4000 para urnas grandes y 13.000 pequeñas destinadas a las cenizas. “En ese momento, se contaba que ocurrían cosas extrañas”, aclara el historiador. Lo que sucedía era que quienes trabajaban en el sector dejaban los montacargas alineados para cargarles las baterías en el segundo subsuelo. Estos vehículos servían para subir los ataúdes a los distintos nichos. “Lo extraño es que al día siguiente aparecían desordenados, como si alguien los vandalizara por la noche”, cuenta.

Esto sucedió en varias oportunidades hasta que la situación se notificó a la policía de una de las garitas del cementerio. Entonces, dos de los agentes decidieron ir a ver qué ocurría después de turno en la Galería 16. “La primera vez no pasó nada, los montacargas estaban alineados, como siempre. Pero otra vez cuando fueron a
controlar, uno de los policías estaba bajando el primer tramo de la escalera hacia el segundo subsuelo y sintió que lo empujaban desde atrás y cayó un buen tramo de la escalera, tanto que se lastimó una de las piernas. El policía contó
atemorizado que había sentido una mano en la espalda que lo jalaba hacia delante”, relata el experto. Y completa que, a la mañana siguiente, los cuidadores vieron algo que no habían visto antes: uno de los montacargas estaba
estrellado en el piso del segundo subsuelo. Entonces, uno de ellos recordó que hacía algún tiempo allí había ocurrido una tragedia. Un hombre que iba a visitar a su familiar no pudo contener más su tristeza y puso fin a su vida, con un arma poco común.

“Era un caño con un cartucho, se pegó un tiro él mismo en el pasillo. Al escuchar la explosión los cuidadores vieron la escena dantesca y encontraron unas cartas y un testamento”, afirma Vizzari. Se cree que el alma que rondaba por las noches y desacomodaba los montacargas era la de este hombre. “Yo mismo me quedé un atardecer y una noche en las escalinatas donde se cayó el policía y no vi ni escuché nada de lo que cuenta esta leyenda”, concluye el historiador, que advierte que esta historia es una de las que más atemorizan a quienes visitan la Galería 16.

Por: Silvina Vitale
Fuente: lanacion.com.ar

 

 

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